Fue el 23 de junio pasado y yo estaba escribiendo una publicación en Instagram sobre Solsticio Ardiente. Toda la acción del librojuego transcurre durante la noche de San Juan así que cada año me acuerdo de él entre petardos, coca y peticiones de deseos. Para dedicarle unas palabrillas.

Este año, además, se me ocurrió que podía hacer algo especial. Me parecía soso lo de compartir una imagen de los protagonistas y hablar sobre ellos y ya. Se me ocurrió que podía subir en mis stories las primeras páginas del librojuego y proponer que quienes las leyeran decidieran como iba a continuar. Alargarlo unas cuatro o cinco escenas. Sería divertido y para mucha gente también algo novedoso, así que abrí el archivo en mi lector, busqué la escena número uno y leí la primera frase.

Y un hormigueo se apoderó de mi cabeza, la sangre me subió hasta la frente y abrí los ojos hasta que los noté resecos.

«Solsticio Ardiente está escrito en primera persona del presente y la narradora es la protagonista.»

Y eso, por sí solo, no te dice nada, ¿verdad? Bueno, pues ahora te explico yo porqué me hizo sentir como una mentirosa :'-(

En el mes de marzo empecé un curso personalizado que es lo mejor que he hecho por mi escritura y por mí como escritora en mucho tiempo. Ese curso ha supuesto un paso adelante, una inyección de fuerza y una mejora en mis textos. Ese curso es el Taller Personalizado de Novela Romántica que imparte Érika Gael en la plataforma comoserescritor.com.

Bien, en ese taller me propuse darlo todo, romper mis esquemas, atreverme con cosas con las que me sentía incómoda o no había hecho nunca, salir de mi zona de confort. Escogí para trabajar una historia, la que sigo escribiendo ahora, que me rondaba la mente desde hacía tiempo pero que no me había sentido preparada para escribir hasta ese momento con Érika. Y decidí que la narradora sería la protagonista (primera persona) y que lo haría en presente.

«¿Por qué?», me preguntó Érika. «Porque no he escrito nunca una novela en primera persona y en presente. De hecho es un narrador que he utilizado muy poco en mis cuentos, será un desafío para mí y creo que a la historia le irá bien.»

¡Já!

Muy bien. Ahora pensemos tú y yo, un segundo, en esto. Porque cuando yo di esa explicación a Érika estaba absolutamente convencida de que nunca había escrito nada de una extensión mayor a un par de páginas utilizando ese narrador interno-protagonista-primera persona-presente.

¿Qué pasó entonces?

Pues yo creo, sinceramente, que mi cerebro decidió olvidarlo porque mi corazón se lo pidió.

Y también te explico porqué.

Efectivamente cuando escribí aquel texto ese tipo de narrador no era el mío. El que siempre me había salido de manera natural era un narrador externo, que narraba los acontecimientos en pasado y que cuanto menos implicado estuviera en la psicología de los personajes, mejor. ¡El cámara era mi narrador favorito! Así que escribir, por exigencias del formato, en primera persona, desde la perspectiva de la protagonista y en presente, fue algo que sufrí y que me costó la vida. Tanto que, tiempo después, mi cerebro decidió que en realidad todo aquello lo había escrito en pasado.

Mientras finalizaba el segundo librojuego (los escribí los dos entre 2013 y 2014) estudié cuento en el Ateneu Barcelonès. Allí volví a utilizar a mi querido tiempo pasado y a mis añorados narradores externos. Superé totalmente la experiencia de escritura librojueguera y volví a dónde me sentía cómoda. Y eso me ayudó a progresar muchísimo en mi escritura y a avanzar en un estilo propio.

Así que, en resumen, si bien no era verdad que no hubiera escrito un texto más o menos largo utilizando ese narrador, sí lo era (y lo es) que significa un desafío importante para mí porque con él vuelvo a salir, esta vez por convicción propia, de mi zona de confort.

Además me doy cuenta de que es ahora, después de haber trabajado con Érika, cuando estoy utilizando de verdad y comprendiendo mejor las ventajas y profundidades de este narrador. Ahora lo estoy disfrutando.

Así que sí, Érika, por si lees esto alguna vez: te mentí. Pero también me estaba mintiendo a mí misma, porque no tenía ni idea de que lo estaba haciendo, así que no sé, ¿puede que eso lo contrarreste y al final se resuelva en que realmente no era una mentira?

Podría dejar esto aquí, en la anécdota. Por suerte Érika, que me conoce, ya se habrá dado cuenta de que estas cosas son bastante mías y seguramente le de por reírse (y con razón).

Pero como soy una motivada, esto me ha dado para unas cuantas reflexiones más. Ahí van.

La primera, sobre los mecanismos del cerebro y la emoción. Dicen que la memoria es selectiva, que el cerebro conserva lo importante (ahí entra en juego la emoción que es el filtro por el que se basa el cerebro para identificar qué es o no relevante) y deshecha lo banal. En nuestras cabezas hay espacio limitado y hay que aprovecharlo en aquello que nos ayude a sobrevivir. Así que, aunque nunca los he olvidado, supongo que hubo un momento en que decidí que los librojuegos no debían seguir siendo tan importantes para mí. Que debía avanzar, que debía volver a sentirme a gusto y confiada en mi forma de escribir, y olvidé muchas cosas sobre ellos. Olvidé la mayoría de los sufrimientos.

Igual que cuando tuve a mi hijo. Mis recuerdos más vívidos de aquella madrugada son las sensaciones maravillosas que desató tenerlo sobre mi pecho después de haberlo parido y no las contracciones previas o cuando asomó la cabecita.

Qué sabia es la naturaleza, madre.

Una segunda reflexión es, ¿cuántas mentiras más de este tipo he dicho?

Quiero decir, cosas de las que he estado segura, pero que no son verdad.

Cosas que recuerdo de un modo y los demás recuerdan de otro.

Cosas que creo no haber hecho nuca y luego resulta que hice sin parar durante una época de mi vida.

Personas con las que creo que no he hablado nunca y que sin embargo recuerdan una conversación súper profunda que tuvimos un viernes por la noche con una cerveza en la mano.

Lugares que no diría haber pisado y en los que descubro que tengo una decena de fotos o comidas que no he probado jamás y que me dejan un sabor familiar en la lengua cuando las pruebo.

Yo, por ejemplo, estaba convencida, y así lo decía, de que solo me había cortado el pelo a lo chico dos veces en mi vida. Hasta que miré con atención mis fotos de pequeña y recordé que mi madre me cortaba cada verano la coleta a ras. Para muestra la fotografía que encabeza este texto.

Una tercera reflexión es, ¿tendrá esto algo que ver con que me pirre lo de inventar historias? ¿Será algo que nos afecta más, aunque sea inconscientemente, a los que estamos predispuestos a fabular? ¿O eso no tiene nada que ver en nuestro nivel de embustes involuntarios?

Siempre se ha dicho que las mentiras tienen las patas muy cortas y la lengua muy larga. Que camuflan la realidad, inventan otra nueva, provocan dolor, alegría, ilusión. Incluso tienen inicio, nudo y un desenlace, a veces, sorprendente.

Alguien podría decir que un cuento o una novela es una mentira que cuenta una verdad. Así que yo, al igual que el resto de escritores y escritoras, según ese alguien, sería una verdadera mentirosa. Y eso, quizás por lo que tiene de pícaro, me hace sonreír.

Mi última reflexión es que, lo miremos por donde lo miremos, queramos o no queramos, seamos conscientes o no, la mentira está cosida a la verdad de una manera tan sibilina que es capaz de mimetizarse con ella, de convivir con nuestra buena conciencia, con nuestra visión de lo que es bueno y correcto y hacernos creer que no es tal. 

La mentira rebela también verdad.

Y voy a cerrar ya esta parrafada, porque mi cuerpo me está pidiendo otro helado, con una conclusión final, a título muy personal. Lo que yo saco de todo esto es que creo mentiras que cuentan verdades por elección y oficio y sin embargo retuerzo la realidad sin querer y por despiste. Y lo acepto y trato de mejorarlo, como hago con cada uno de mis múltiples y maravillosos defectos.

Así de simple y de claro.

Y esa es toda mi verdad.